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Festines culinarios en plena clase: bienvenidos a la universidad en Los Ángeles

Enjoy your meal! (y ya si eso atiende un poco al profesor).

CARMEN RAYA | CUORE.ES -

Hace ya un año y un mes que me mudé a la ciudad de Los Ángeles. Y aunque ya os he hablado de mi vida sexual (un beso desde aquí a mis padres y demás familiares), de Tinder, de que nunca seré una 'California Girl', de lo terrorífico y espeluznante que resulta hacer la colada y de mis quebraderos de cabeza con el inglés, lo que nunca os había contado es que me vine aquí con la maleta cargada de sueños (y de antibióticos, que la sanidad es carísima), para estudiar producción de cine y televisión. Correct! (correcto, bilingüismo).

Bueno, tranquila querida que aún me faltan tres asignaturas (y millones de dólares), pero en ello estamos. Así pues, a mis 36 años (si quieres ver lo bien que me conservo, cual influencer que soy, sígueme en Instagram), volví a las aulas en la UCLA (University of California, Los Angeles). Ah, por cierto, 'UCLA' se pronuncia 'iusielei', no 'ucla', que era lo que decía yo cuando llegué y rompí algún tímpano que otro (además de que nadie me entendía).

Tras comprar lápices, bolígrafos y un cuaderno (jamás cogeré apuntes con ordenador, Ipad, Iphone o cualquier otro dispositivo diabólico que sustituya al bello arte de escribir a mano, soy una romántica), me dispuse a sacar el máximo partido a unas clases que, fantasía, duraban tres horas y tenían lugar de 19:00 a 22:00. Y escribo en pasado porque ahora con la 'Coronavida' las tengo 'online'. Así que que nadie se me alarme ni se me indigne. Porque yo en mi vida solo quiero 'followers', no 'haters' y esto que voy a contar lo viví antes del 'Coronaretiro'.

Efectivamente, me niego a llamarlo confinamiento porque yo soy como Gwyneth Paltrow, quien para no asumir que su matrimonio con Chris Martin había fracasado se inventó lo del 'conscious uncoupling'. Querida, a eso se le llama divorcio, punto pelota). Pero a lo que vamos, que yo no sé por qué decían mis profesores del colegio que me distraía...

Y es que aunque yo fantaseaba con conocer a un guapo y misterioso vampiro en la cafetería de la universidad (Robert Pattinson, si me estás leyendo, vivo en Los Ángeles y estoy soltera), resulta que no tendría que desplazarme hasta ella para intentar hincarle el diente a una grasienta pizza de peperonni con extra de queso.

[Y sí, esto es una dramatización de las intensas miradas que nos hubiésemos lanzado Edward y yo entre bandejas de comida. No me juzguéis. Dejadme soñar]

Y he dicho pizza, y no trozo de pizza, porque eso es lo que presencié durante una de las primeras clases a las que acudí. Mientras yo intentaba concentrarme todo lo posible para no perderme nada de lo que estaba diciendo mi profesora con acento de Texas (ese no te lo ponen en los 'listening' de las academias, ejem, ejem), percibí un olor. Mi olfato no me delataba. Aquí había 'fast food' encerrada.

Aunque de encerrada nada porque cuando quise localizar de dónde venía el olor... ¡Una compañera de clase estaba metiéndose entre pecho y espalda ('between chest and back', bilingüismo, queridos) una pizza mediana (ubicada dentro de su correspondiente caja) que maridaba con una botella de agua con gas de cristal! ATIENDE.

Y digo atiende por dos cosas: fantasía que estuviese comiendo pizza en clase (había ido a por ella durante el descanso) y fantasía extra (como el queso) por ser tan elegante de comérsela con un agüita (colega) con gas. ¿Y qué hice yo en ese preciso momento? Buscar aliados que compartiesen mi estupor. 

Pero de fieltro me quedé (como la rana Gustavo) cuando me di cuenta de que nadie la miraba raro. NADIE. Ni siquiera el profesor. ¿Qué estaba pasando? ¿Estaba siendo víctima de alguna novatada? No, amigos. Aquí, en los Estados Unidos de América, la comida, cena, desayuno o merienda es sagrada y da igual que estés en mitad de una clase o estés a punto de operar a corazón abierto: sujetas el bisturí con una mano y la hamburguesa con la otra.

Ya bueno, Remy, si yo lo entiendo, pero comprenderás que el choque cultural que sufrí fue... como decirlo... curioso. Pero cierto es que con el tiempo me acostumbré. ¡Qué remedio! Porque os voy a decir una cosita: los festines que he visto yo en mitad de clase no los ha presenciado ni LA Bella.

He avistado ‘tuppers’ con brochetas de pollo siendo sazonadas con un salero (NO MIENTO) en mitad de clase de marketing. He observado cómo mi profesor de finanzas devoraba una hamburguesa con patatas, con su correspondiente ‘milkshake’, mientras explicaba el complicado proceso de calcular el beneficio neto de una película. Manjar que le había sido llevado por su asistente (ojito que aquí los profesores tienen asistentes, nivel).

Me he asombrado con la habilidad de un compañero de clase al degustar una sopa con ‘noodles’ con palillos y no salpicar ni una gota en su 'tablet'. Y puede que se me haya caído la baba con un perrito caliente con cebolla frita caramelizada que me miraba desde las manos de una chica que lo acompañó de una Pepsi Light, porque de todos es sabido que una bebida carbonatada 'light' te hace automáticamente perder las calorías del 'hot dog'

Porque lo de ponerse hasta arriba de comer, pero bebiendo un refresco 'light' es el equivalente americano al ponerse hasta arriba de comer español y de postre pedirte un café "con sacarina"

Así que mi consejo para los que estéis pensado en venir a estudiar a Los Ángeles es el siguiente. Id a clase siempre con el estómago lleno y preparaos para vivir una experiencia educativa 'extreme'. Porque a ver quién es capaz de concentrarse en un aula que se parece más al plató de Masterchef que a la que me había prometido Britney Spears en el videoclip que la lanzó a la fama.

Y es que si me lo llegan a decir antes de poner un pie en Los Ángeles, no me lo creo. Pero bueno, tampoco me creo que, como 'influencer' que soy [y si no lo soy me da igual porque a Elsa Pataky la seguimos llamando actriz y ya ves tú...sí, comentario gratuito, pero no por ello menos cierto. Un beso, amigui] acabe de hacer mi primer cameo en un vídeo de mi gran amigo y compañero de doble profesión (periodista e influencer), Jorge Meliá

Mamá, que salgo en YouTube. (siempre quise decirlo).