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Tu primera… dieta

ELISABET BENAVENT | CUORE.ES -

Lo de la “dieta” ya está demodé, lo sé. Ahora se le llama “reeducación alimenticia”. En esta ocasión debo admitir que entiendo el porqué del cambio de nomenclatura. La palabra “dieta”, al menos en mi caso, funciona como la maldita campana para los perros de Pávlov… salivo. Es escuchar la palabra y, automáticamente, tener ganas de ponerme ciega a patatas fritas y cerveza con limón, llenar la bañera de un batido de vainilla con galletas y meterme entre pecho y espalda unos siete kilos de torreznos. Y no me gustan los torreznos.

La primera vez que te pones a dieta eres joven e inexperto y aún crees en la bondad del cosmos. Solo piensas en lo estupend@ que estarás en traje de baño, paseándote por la playa y saliendo del mar como si fueses parte del elenco de 'Los vigilantes de la playa'. A cámara lenta, con el sol poniéndose detrás y todas tus carnes prietas y turgentes. Mñe.

Si nunca has estado a dieta, darte mi más sincera enhorabuena y decirte... No lo hagas; hay maneras más placenteras de arder en el infierno.

Si eres de las mías y las has probado todas, estoy contigo, herman@.

Pero si estás pensando en empezar una dieta por primera vez, déjame darte unos consejos.

La reeducación alimenticia (anteriormente conocida como “dieta”) tiene varias fases, por supuesto, como cualquier buena tortura medieval, pero es algo que no sabes la primera vez que te sometes a sus vicisitudes. Sin embargo, es importante que sepas a lo que te enfrentas. Nunca menosprecies al enemigo.

Primera fase: Motivación. (De uno a dos días de duración)

En un momento de enajenación mental transitoria, llenas una bolsa de basura con toda la comida no permitida y te vas a la compra como si te hubieras alistado en el ejército de la lechuga. Te sientes orgulloso de tu carro, que empujas con gallardía y honor por los pasillos del supermercado, mirando con altanería las estanterías de comida procesada. Tú ya no eres su esclavo, te dices. Vas a cambiar de vida.

Segunda fase: Síndrome de abstinencia. (De tres a diez días de duración)

Notarás que entras en esta fase porque lucirás un dolor de cabeza más grande y majestuoso que los tocados de las asistentes a las carreras de Ascot. Ya no te sientes tan liberado… A decir verdad, empiezas a tener sueños eróticos con una serie de piezas de selecta bollería y es posible que acuses ciertas alucinaciones olfativas: todo huele a algo rico. Incluso la gente. La gente empieza a ser también apetecible; ojo con morder.

Tercera fase: hambre. (Una semana de duración)

Le dices a todo el mundo que la dieta va genial y que no pasas hambre, solo un poco de gusilla, pero no es verdad. Estás femelic@, tanto, que te descubres pensando cuántas calorías tendrá la goma de borrar, la pastilla de jabón o los plastidecor de tu sobrino. Admítelo, tienes hambre. Te sabe rico hasta el brócoli hervido pero sientes la tentación de buscar la bolsa de basura donde tiraste las salsas.)

Cuarta fase: resignación. (“Lo que el cuerpo aguante” de duración)

Si has conseguido llegar hasta esta fase es porque te has abrochado ese pantalón que guardabas “por si acaso”. Los resultados motivan, es verdad, pero no estoy aquí para predicar las bonanzas de la dieta, sino para mostrarte sus complicaciones y cuando vayas a encararlas no cunda el pánico. La verdad de esta fase es que ya te has resignado. Tu cuerpo se ha habituado. Has perdido unas poquitas ganas de vivir, tus amigos te caen peor que cuando comías pizza y te has dado cuenta de que tienes el superpoder de masticar el olor de la comida ajena. Estás perdido.

Quinta fase: relajación. (“El infinito y más allá” de duración)

Has perdido el ochenta por ciento del peso que te proponías perder con lo que, déjame decirte que… estas eufórico. Mucho. Y, para celebrar este triunfo… ¿por qué no irte de cañas con los amigos? Y premiarte, claro que sí. ¿Piden una ración de croquetas? Que sean dos, que hace tiempo que no sabes nada de ellas y quieres que el reencuentro sea fastuoso. Y unas bravitas. ¿Calamares? ¡Por supuesto, que eso es proteína! Añade un trocito de tarta, que te has quedado así como un ganas de dulce. Mañana ya volverás al redil.

Mañana.

Un mañana que nunca llega.

Sexta fase: Inicio.

Uy… la lavadora ha encogido toda la ropa de tu armario, incluso la que no has lavado.

¿Te suena la primera fase? Porque es posible que hayas entrado en un bucle espacio temporal y te encuentres, de pronto, en la línea de salida de nuevo. Lo siento. Nos pasa a todos. Mis más sinceras condolencias. No pierdas la fe.

En realidad, estoy de coña (no lo estoy, las fases son las que son, asúmelo) y encantada de la vida con esta nueva intentona de quitarme unos kilillos (matadme, por piedad) así que no puedo más que animarte (no, huye, huye lejos, instituyamos una nación en la que nadie nos diga que estamos más “llenitos” o que “tenemos que ponernos en forma”) a empezar tu dieta.  

Pero (ahora de verdad), no la llames dieta; las dietas se acaban, las costumbres sanas no; no la hagas por presión, hazla porque te da la real gana; y si quieres, adelante, pero hazla por ti y para nadie más.